Ciudad una tortura
19 de septiembre, 2018

La Ciudad, una tortura


No es difícil, es una tortura.

Desplazarse por la Ciudad sin el sentido de la vista es una trampa mortal: banquetas rotas, rejas abiertas, carros invadiendo las aceras, tubos, postes y hasta perros se convierten en un enemigo de las personas ciegas.

Todos los días, Bernardo Álvarez se juega un volado con la muerte. Atravesar la Avenida Juan Gil Preciado, en su cruce con Ángel Leaño es de alto riesgo.

Este crucero es, de por sí, peligroso. Los tiempos en los semáforos no dan margen para que los peatones atraviesen de manera segura, por lo que deben correr al ver la proximidad de los vehículos, incluyendo camiones y tráileres; pero cuando la vista falla, el peligro aumenta.

No hay señales auditivas que ayuden a que Bernardo sepa que es seguro cruzar; tiene que esperar a que alguien lo ayude.

Por fin, un señor lo llevará del otro lado. La travesía empieza. Los carros no respetan la zona peatonal y ellos zigzaguean entre las defensas. Ya en los carriles centrales, aceleran el paso y están atentos, pues hay quienes, con tal que ganarle a la luz ámbar, pisan el acelerador sin importar nada. Bernardo corre confiando en unos ojos prestados.

Ya del otro lado, el joven empieza el camino. Su bastón, su guía. Las dificultades continúan: una acera irregular o destruida por raíces de árboles, rejas abiertas, basura y tubos que hacen que Bernardo tropiece una y otra vez.

Hacer una ciudad amigable, admite, requiere de inversión para poner guías táctiles, semáforos auditivos y señales luminosas -para los que no escuchan-, y reparar banquetas, pero hay pequeñas acciones que ayudarían a la independencia de las personas con discapacidad.

“El principal obstáculo es la discapacidad social, dejar los canceles abiertos, dejar coches mal estacionados (…), ese es el principal obstáculo y el más peligroso”, sostiene.

Aunque Bernardo camina más por calles de Zapopan, pues ahí vive, los obstáculos son los mismos en Guadalajara, Tlaquepaque, Tonalá o Tlajomulco y lo único que lo motiva a seguir luchado es que, en cualquier lugar, hay una persona que se acomide a apoyarlo para cruzar la calle, subir el camión o informarle si la ruta que espera se acerca.

Por Fernanda Carapia

Fuente: Mural

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